Pulsa aquí y visita nuestra galeria de fotos de las montañas españolas.


 
 
 
1. LA MONTAÑA COMO ESPACIO AISLADO E
INHÓSPITO
   
Los dos atributos fundamentales que tradicionalmente
han diferenciado a las montañas españolas de las tierras
llanas más próximas son el aislamiento y la inhospitalidad
del medio. Ambos, que están claramente determinados desde
el punto de vista físico, han gobernado la imagen que se tenía
de estos ámbitos hasta llegar a hacer de la montaña un espacio
repulsivo, apenas apetecible para defenderse del enemigo en
tiempos de guerra o para sanar de determinadas enfermedades.
   
La inhospitalidad montañesa se sustenta en los rasgos extremos del clima,
 
particularmente acusada durante los períodos invernales (temperaturas mínimas muy pronunciadas, presencia sistemática de nieve y hielo durante meses, etc.), y en las dificultades que ofrecen las fuertes pendientes ("tiranía de las pendientes") a la práctica continuada de la agricultura. El aislamiento externo, secundado por una muy débil capacidad de articulación territorial interna, tiene su origen, en parte, en los fuertes obstáculos topográficos, insalvables sin el recurso a extraordinarias obras de ingeniería. Ahora bien, ese aislamiento también es un producto histórico, fruto del papel secundario, marginal, que se ha asignado a las regiones montañosas en la políticas territoriales, que sólo se han fijado en las montañas cuando se trataba de extraer masivamente algún recurso estratégico a precios de saldo.
 
     
A pesar de tanta hostilidad, el dinamismo interno bajo el cual se ha desenvuelto la vida en las montañas durante siglos se aprecia por todas partes. Es fruto, desde luego, de la resistencia, del empeño humano por adaptarse a condiciones extremas a partir de una gestión racional de cualquiera de los múltiples recursos que oferta el territorio. Esa tenacidad, junto a grandes dosis de inteligencia práctica, están en el origen de unas formas de explotación y aprovechamiento del medio extremadamente respetuosas con las condiciones ambientales del mismo. Esta máxima se encuentra detrás de los modos de producción tradicionales en la montaña: cualquier alteración sustancial de las condiciones del medio acabará repercutiendo, más temprano que tarde, sobre las condiciones de existencia y reproducción del grupo humano. De ahí que cualquier intervención sobre el territorio se lleve a cabo siguiendo una lógica ambiental que no está escrita pero que forma parte de un ancestral acervo cultural, reinterpretado durante generaciones.
 
     
Este sentido de la adaptación humana explica perfectamente la capacidad de los territorios montañosos para soportar el intenso crecimiento demográfico que se advierte, como mínimo, entre mediados de los siglos XIX y XX. Esta particular forma de dinamismo poblacional, rota sólo por la concurrencia de alguna crisis de sobremortalidad epidémica -la montaña ha soportado mucho mejor que la llanura las frecuentes crisis de subsistencias que definen el ciclo demográfico tradicional en España-, se ha sobrellevado mediante ampliaciones sucesivas del terrazgo agrícola. Primero, por los fondos de valle, más abrigados, de suelos más fértiles y fácilmente regables. Más tarde, por las laderas menos empinadas y las altiplanicies. En todos los casos, no obstante, se tiene buen cuidado de no acelerar los procesos erosivos en las laderas, construyendo para ello minuciosas infraestructuras artesanales de una más que probada eficacia en la retención de suelos.
 
     
En este contexto, los cultivos y los ciclos agrícolas se adaptan perfectamente a las condiciones térmicas imperantes en cada ámbito, de tal modo que quede asegurada la viabilidad de las cosechas. Estamos hablando, lógicamente, de un tipo de agricultura de subsistencia extraordinariamente variada que no tiene otra finalidad que proporcionar el grueso de los alimentos vegetales que demanda la comunidad campesina. Este y no otro es el tipo de agricultura dominante en la montaña española durante siglos.
 
     
El crecimiento ganadero, que sólo se resiente durante el tremendo bache finisecular, se ha soportado merced a una adecuada distribución de pastizales a diferentes alturas. De este modo la cabaña riberiega puede circular libremente de unas zonas a otras en función de las estaciones y las consiguientes disponibilidades de pastos en las altiplanicies o en los valles. La delimitación municipal decimonónica de muchas zonas de montaña, refleja claramente la importancia que se concede a este aprovechamiento escalonado del medio a través de un sistema de trasterminancia perfectamente regulado y asumido por el colectivo ganadero.
 
     
En aquellos casos de dificultades invernales extremas y cargas ganaderas desorbitadas, los desplazamientos ganaderos anuales no se circunscriben a los términos municipales sino que tienen un radio de acción mucho más amplio, que a veces puede llegar a afectar a la mayor parte del país. El sistema de explotación trashumante es otra de las variedades de aprovechamiento pecuario más extendida en nuestras montañas, cuyas huellas sobre el paisaje siguen siendo aun visibles en muchos rincones de éstas.
 
     
Junto a la agricultura de subsistencia y la ganadería extensiva, el monte aparece como el tercer gran elemento del espacio agrario, con unas funciones especialmente relevantes en el contexto de una economía profundamente autárquica. Los aportes de maderas y leñas resultan absolutamente necesarios para la fabricación de viviendas y la calefacción del hogar, por no citar otro tipo de utilidades (fabricación de mobiliario, aperos agrícolas, colmenas, etc.). Otros múltiples insumos alimenticios que se obtienen de él (caza, frutos silvestres, etc.), sirven para diversificar y completar la monótona dieta campesina.
 
     
Precisamente la explotación de una parte de ese rico y abundante patrimonio forestal da origen a la primera gran ruptura con las condiciones tradicionales de aprovechamiento que se produce en numerosas comarcas de montaña a mediados del siglo XVIII. En ese momento dichas comarcas quedan integradas en una vasta red territorial que se crea con la finalidad de abastecer de madera a la Armada española, enfrascada en multitud de conflictos bélicos. La intensa extracción de recursos forestales a la que se asiste desde entonces, y hasta bien entrado el siglo XIX, acabará por alterar radicalmente los paisajes montañosos, cuyo ritmo de deforestación resulta alarmante.
 
     
También provoca esta intervención una conflictividad social desmesurada, al resistirse la población montañesa a la pérdida de sus ancestrales derechos de uso del monte en beneficio de un Estado despótico, incapaz de respetar ni siquiera la más arraigada de las costumbres. En suma, a lo largo de estos años cobra fuerza la imagen de la montaña como despensa inagotable de un tipo de recursos, cuya explotación -no importa con que medios ni a que ritmo- puede contribuir decisivamente a la consecución de los objetivos de la política y de la economía nacional.
 
     
La desamortización decimonónica no viene sino a intensificar los ritmos de sobreexplotación de los territorios montañosos. La puesta en almoneda de infinidad de bienes rústicos de uso colectivo propicia la presencia en la montaña de infinidad de grandes propietarios foráneos, cuyos intereses y estrategias empresariales en nada coinciden con los de la población autóctona. Los extensos latifundios montuosos adquiridos en el masivo proceso de ventas desamortizador, se descuajan y roturan para destinarlos al cultivo permanente, fórmula ésta de mayor eficacia a la hora de resarcirse el propietario de la inversión efectuada. La desconsideración de las más elementales normas ecológicas, pronto se convierte en un impresionante elemento de riesgo natural, que vuelve más frágiles e inseguros a los territorios montañosos, donde empiezan a desencadenarse fenómenos trágicos de consideración.
 
     
La privatización de los territorios montañosos introduce, igualmente, elevadas dosis de inseguridad social entre la población. Al venderse buena parte de los espacios públicos sin adoptar ningún tipo de precaución sobre sus viejas servidumbres, se pierde definitivamente aquella fracción del espacio rural que antes se reservaba para atender al crecimiento poblacional o mitigar los efectos de las malas cosechas. De este modo el colectivo social más menesteroso queda abandonado a su suerte y dispuesto a engrosar las filas del emergente proletariado urbano en cuanto se le presente la más mínima oportunidad para ello.
 
     
En aquellas montañas en las que no se produce un cambio de uso del suelo inmediato a su privatización, la deforestación tiene dos orígenes muy claros: el carboneo y la extracción masiva de madera con fines mineros o ferroviarios. Los efectos de las extensas talas de arbolado todavía son perceptibles sobre muchos montes, completamente desnudos y sin capacidad alguna para acoger cualquier tipo de vegetación. La larga exposición a los agentes erosivos acabó arrastrando unos debilitados suelos y ya nunca será posible recomponer sus primitivos paisajes vegetales.
 
     
La enorme pujanza que adquiere la fabricación de carbón vegetal, a partir de la quema de ramaje y otros restos leñosos dispersos por los montes, está asociada, por un lado, al crecimiento poblacional decimonónico y, por otro, al enorme desarrollo de la minería, que demanda cantidades elevadas de este producto para emplearlas en los hornos de fundición de minerales. En tal coyuntura, la fabricación de carbón se convierte en un magnífico negocio y como tal propicia el consumo de unas cantidades de biomasa que llegan a ser mucho más elevadas que la capacidad de reposición que tienen los montes. En este escenario, la desaparición de la cubierta vegetal está servida.
 
     
El entibado de las minas y la fabricación de traviesas para el naciente ferrocarril español son las otras dos actividades en expansión que requieren mayores volúmenes maderables. A las dos se las atiende desde las montañas próximas a los centros mineros y las líneas ferroviarias, aunque finalmente ninguna de ellas acabe dejando beneficio alguno, de forma general(*), en unos territorios que siguen completamente aislados y en los que no se atisba ninguna señal de progreso material y social.
 
     
 
(*) Unicamente en algunas comarcas la influencia y el impacto que generó la explotación minera transformaron intensamente la morfología urbana de los núcleos donde ésta se concentraba, provocaron un notorio crecimiento demográfico -atrayendo además importantes flujos de población inmigrante- y generaron cierto volumen de empleo y riqueza. Por el contrario, aceleraron asimismo una importante degradación y deterioro paisajístico y medioambiental. Curiosamente, las acciones propuestas por algunos grupos de desarrollo rural que gestionarán los programas e iniciativas comunitarias puestas en marcha en estas comarcas en el último decenio del siglo XX intentarán rescatar para el imaginario colectivo la memoria histórico-económica de estos pueblos, reconstruyendo y reinventando la infraestructura y la dinámica del pasado para el uso recreativo y hasta didáctico de la sociedad del presente.
 
 
 
 
CréditosIntroducciónImagenDelimitaciónNormativaTesisBibliografía
EnlacesProyectosReuniones científicasRevistaCartografíaSelección fotográfica
Grupo CIMA (Colectivo de Investigadores sobres las Montañas)
Elaboración técnica de la web: Dolmen Multimedia S. L.