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2. LA MONTAÑA COMO ESPACIO EMPOBRECIDO Y
DESERTIZADO
   
Todo el entramado sobre el que se había sustentado la
economía montañesa durante siglos se va a ir derrumbando
paulatinamente desde mediados del siglo XX, merced al
desencadenamiento de una fortísima crisis que lleva a la ruina
al conjunto de los sectores productivos y provoca la emigración
masiva de la inmensa mayoría de la población. A partir de estos
momentos las montañas españolas empiezan a verse como territorios
empobrecidos y desertizados, cuya principal cualidad es haber permanecido
al margen de los grandes ejes económicos y de las políticas de desarrollo que
comienzan a implantarse en el país.
     
Sobre el origen del empobrecimiento y la despoblación, conviene realizar algunas precisiones al modelo explicativo general de "crisis de la agricultura tradicional" que se ha ofrecido para el conjunto del país. Ante todo, porque la crisis de la montaña española es una crisis del sistema rural, que se extiende mucho más allá de la decadencia productiva e implica la completa desaparición de unos seculares modos de vida que permanecían anclados en el tiempo (deberíamos acuñar un concepto semejante al de pérdida de biodiversidad para significar la trascendencia de este proceso), así como de unas formas de organización del territorio, por medio de las cuales se reflejaban las armoniosas relaciones mantenidas entre el hombre y el medio a lo largo del tiempo.
 
     
La agricultura de subsistencia, que constituía la base del sistema productivo montañés, nada tiene que hacer una vez que se ha superado la fase autárquica de la economía española, cuyas proclamas contribuyeron a reforzarla hasta finales de los años cincuenta. La paulatina apertura de la montaña y su integración económica en un sistema mucho más amplio, condenan a la marginalidad a esta forma de producción arcaica. La fuerte competencia que se establece en los mercados locales entre la producción autóctona y la procedente de ámbitos más productivos, se muestran incapaces de combatirla la inmensa mayoría de los agricultores montañeses, que acaban abandonando sus explotaciones y preparándose para la marcha definitiva a la ciudad.
 
     
Idénticas razones mercantiles pueden aducirse a la hora de explicar la crisis de los sistemas ganaderos extensivos. La producción a gran escala que se lleva a cabo en las granjas intensivas situadas en las proximidades de los grandes núcleos urbanos, reduce hasta tal extremo los precios de la carne y de la leche que ningún ganadero puede hacerles frente con sus armas tradicionales, por lo que la mayor parte de ellos acaban arruinándose.
 
     
En este caso, además, no conviene perder de vista otras dos circunstancias que han propiciado la crisis de la ganadería extensiva en nuestras montañas. Nos referimos, por un lado, a la cada vez más escasa oferta de mano de obra capaz de soportar unas condiciones de vida tan extremas y penosas como las de los pastores; por otro, a la reducción de zonas abiertas al pastoreo que trae aparejada tanto la política de repoblación forestal como la de reconversión productiva de pastaderos en nuevas zonas agrícolas.
 
     
Por último, la explotación forestal del monte, que había venido proporcionando numerosos empleos permanentes o eventuales en las zonas de montaña, también se resiente con la llegada de los nuevos aires que soplan en la economía española. Las labores de corta y la extracción de madera, que renacen con bríos durante la postguerra, a fin de recuperar el deteriorado tejido ferroviario, sufren un proceso acelerado de mecanización -con idéntico parangón al que tiene lugar en la agricultura de las tierras llanas-, que hacen descender de manera ostensible los habituales niveles de empleo proporcionados por estas actividades. Por otro lado, múltiples aprovechamientos secundarios, igualmente eficaces de cara a la ocupación de la población montañesa, desaparecen por falta de rentabilidad, ya que empiezan a obtenerse productos sustitutivos mucho más baratos en la floreciente industria química.
 
     
Este desolador panorama que ofrece el mercado de trabajo montañés a mediados de siglo sólo es capaz de combatirlo una desenfrenada política de obras públicas que se articula en torno a dos ejes fundamentales: la repoblación forestal y la construcción de grandes embalses. La imagen de la montaña como despensa de recursos se refuerza así de manera considerable puesto que de lo que se trata ahora es de establecer fórmulas más eficaces de almacenamiento y gestión que permitan una disponibilidad continuada de los mismos a lo largo del tiempo.
 
     
Aunque ambas políticas son complementarias, los trabajos de repoblación forestal se extiende la gran mayoría de las veces mucho más allá de las cuencas de alimentación de los grandes embalses, en un afán claro por producir crecientes cantidades de madera, necesaria por sí misma o por otro tipo de insumos industriales que pueden obtenerse a partir de ella. Ésta es la principal razón por la que este tipo de intervención se realiza con especies exóticas de ciclos muy cortos de crecimiento, sembradas al modo de cualquier plantación agrícola tradicional. Además de alterar seriamente muchos paisajes montañosos, que acaban perdiendo su acertada diversidad tradicional, la masiva introducción de plantones forestales poco adaptados a las características del medio introduce un nuevo elemento de inestabilidad en la montaña cual es el aumento del riesgo de incendios. Esta es otra de las imágenes -el monte ardiendo-, que más se retiene de cuantas proyecta la montaña española en estos años.
 
     
La construcción de grandes embalses logra introducir, durante el tiempo que duran las obras, un elevado dinamismo en el mercado de trabajo, que incluso llega a abastecerse con los aportes de una corriente inmigratoria a veces considerable. Pero es sólo un espejismo. En cuanto se cierran las presas, desaparece todo síntoma de actividad. Los inmigrantes se vuelven a la ciudad y la montaña se queda otra vez sola. Con todo, lo más paradójico del asunto es que ni un solo metro cúbico del agua almacenada se aprovecha en la montaña y tiene utilidad para su desarrollo. Sirve para regar extensas y fértiles vegas muy lejanas y para abastecer de electricidad a los grandes centros urbanos e industriales del pais. Entre tanto, cómo son las paradojas, los secanos montañosos siguen sin agua y a ninguna vivienda llega la electricidad.
 
     
Finalizado el programa de grandes obras públicas, quienes aun se habían resistido al abandono emprenden el camino de la emigración, conscientes de que ya no queda en su tierra ninguna otra oportunidad laboral de la que poder aprovecharse. La montaña española se convierte, así, en el principal centro suministrador de mano de obra a los sectores económicos más pujantes que se localizan en el centro y norte peninsular, de modo que además de ser una inagotable reserva de recursos naturales también pasa a serlo de recursos humanos.
 
     
La despoblación montañesa alcanza su punto más álgido, generalmente, durante la década de los años sesenta y setenta, cuando, precisamente, otra parte del país empieza a experimentar los primeros logros de la política desarrollista: de nuevo rebrotan las paradojas y las asimetrías. Los ritmos del abandono son tan intensos en estos años que muchas comarcas ven caer sus niveles demográficos hasta la misma altura en que se encontraban a mediados del siglo XIX. Lo más pernicioso de este fenómeno es su carácter selectivo, ya que arrastra, principalmente, a los grupos de población más joven, los de mayor capacidad productora y reproductora. Por tanto, las montañas españolas no sólo se despueblan sino que también se envejecen y se coarta toda posiblidad de reemplazo generacional.
 
     
La emigración también resulta muy selectiva desde el punto de vista espacial. No todos los núcleos montañosos se despueblan por igual. Afecta de forma particularmente severa a las entidades y núcleos de población más pequeños, muchos de los cuales llegan a perder la totalidad de su población. Se trata de núcleos donde las condiciones de vida resultaban extremas por la carencia del más elemental de los servicios, que habían permanecido habitados hasta entonces, sin duda, por la falta de otro tipo de horizontes. Pero en cuanto éstos empiezan a verse con una cierta claridad en los suburbios de la gran ciudad, ya no quedará lugar para la resistencia.
 
 
 
 
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