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| 3.
LA MONTAÑA COMO ESPACIO ASISTIDO |
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Hasta comienzos de los años ochenta
no puede decirse
que la política agraria española se haya centrado
en los
territorios montañosos, admitiendo su especificidad
y
estableciendo fórmulas precisas para su relanzamiento
socioeconómico. Más preocupada por el incremento
de la
producción agroganadera y la racionalización de
la empresa
agraria, dicha política consagró todos sus esfuerzos
a la
transformación y mejora de las estructuras agrarias
en aquellas
zonas más productivas, olvidándose por completo
de los ámbitos peor
dotados física y socialmente. Aunque se conocen
algunos intentos para el
establecimiento de una "Ley de tierras altas" desde
comienzos de los años setenta, |
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no será hasta una década después
cuando se haga pública la primera "Ley de agricultura
de montaña" española (Ley 25/1982, de 30 de junio).
En este caso también podemos considerar a esta Ley como
el primer hito en la recomposición económica, ecológica
y social de los territorios montañosos.
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Como se sabe, esta Ley no es más
que un primer paso en el proceso de adaptación del ordenamiento
español a las disposiciones vigentes en la Comunidad
Económica Europea, donde el ingreso de España, en un
plazo más o menos corto de tiempo, empieza a considerarse
como una posibilidad real. En ese ámbito político-administrativo
se había puesto en marcha en 1975 una directiva (75/268)
que reconocía por primera vez en la historia comunitaria
la situación de marginalidad en que se encontraban la
gran mayoría de las zonas de montaña europeas y establecía
mecanismos específicos para la corrección de los desequilibrios
más alarmantes que persentaba el sector agrario. Lo
que trata la "Ley de agricultura de montaña" española
es de recoger esos principios y adaptarlos a nuestra
particular situación.
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De cualquier modo, la eficacia de
un cambio más profundo en la montaña española al que
parecía aspirar esta nueva normativa reguladora fué
más bien débil. Únicamente las "indemnizaciones
compensatorias" parecieron funcionar regularmente, aunque
no es menos cierto que por intereses muy contrastados.
Y ni este instrumento financiero, ni el planificador
de los Programas de Ordenación y Promoción de las Zonas
de Montaña (los PROPROM), impulsaron un cambio sustancial
de imagen de las montañas españolas.
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Simultáneamente a la promulgación
de esta Ley, el Ministerio de Agricultura encarga distintos
trabajos técnicos con la finalidad primordial de conocer
la situación real de nuestra agricultura, de manera
que el calendario de adaptación comunitario resulte
menos traumático que el que podía derivarse de una aproximación
apresurada. Los resultados de esos trabajos científicos
-elaborados sobre la base de la "comarcalización agraria
española"- vienen a demostrar fehacientemente que el
conjunto de comarcas montañosas españolas presentan
unos niveles de depresión socioeconómica muy superiores
a las del resto del país, y que en ello, además de los
condicionantes físicos, influyen otro tipo de factores
estructurales que hay que corregir con la máxima celeridad
antes de que las montañas acaben desertizándose del
todo. En este sentido los instrumentos que contempla
la Ley pueden convertirse en un poderoso auxiliar para
terminar con esa situación depresiva y situar a muchas
comarcas de montaña en escalones superiores de desarrollo.
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Pocos años después de aparecer la
Ley, en 1986, se produce el ingreso efectivo de España
en la C.E.E., donde acaba de aprobarse un nuevo Reglamento
sobre ayudas estructurales, que refunde los anteriores
e introduce mejoras sustanciales en el tratamiento de
los agricultores y ganaderos situados en zonas montañosas.
Las ayudas directas que perciben los titulares de explotaciones
(indemnización compensatoria antes aludida), junto a
otro tipo de primas y a una mejora sustancial de los
precios de múltiples productos agrarios, se convierten
así en el más eficaz de los revulsivos para frenar el
abandono de la montaña y recuperar, e incluso superar
en algunos casos, los habituales niveles productivos.
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En suma, el contexto eurocomunitario
ha sido uno de los factores más destacados que ha impulsado
los cambios de imagen y dinámica de las montañas. Y
lo ha hecho bien a través de ayudas directas proporcionadas
por los distintos fondos estructurales y sus programas
de aplicación (FEDER y FEOGA sobre todo), bien por las
nuevas directrices y orientaciones que para el mundo
rural han ido emanando desde Bruselas (cambios en la
PAC e introducción de nuevas medidas, promoción de la
diversificación económica, impulso a nuevos programas
de desarrollo rural y local, etc.).
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Además de ello, la normativa comunitaria
sobre zonas de montaña -adaptada por los Estados miembros
y, en el caso español, por las distintas Comunidades
Autónomas-, también atiende a otro tipo de mejoras estructurales,
a veces poco conocidas pero que, igualmente, resultan
decisivas en la mejora sustancial de las rentas agrarias.
Nos referimos al apoyo prestado a la construcción de
nueva infraestructura rural así como a todas aquellas
acciones tendentes a mejorar los procesos de transformación
y comercialización de la producción agraria.
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Los efectos sinérgicos de todas estas
medidas asistenciales -comunitaria, nacional y, en ocasiones,
también autonómica-, es verdad, como antes decíamos,
que han conseguido frenar el alarmante éxodo montañés.
Ése es el más loable de sus aciertos. Pero no es menos
cierto, como cada vez se esgrime con más frecuencia,
que han introducido en la montaña (y en otras áreas
desfavorecidas) una perversa "cultura del subsidio"
que amenaza con erradicar para siempre los escasos síntomas
de vitalidad social que habían permanecido en pie hasta
ahora. Cada vez se ponen en marcha menos actividades
que no estén subvencionadas de uno u otro modo -poco
importa la procedencia-, y apenas existe capacidad de
riesgo personal entre muchos habitantes de la montaña,
apoltronados en el cómodo sillón de la pensión, el subsidio
o el salario social.
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Quizás por ello las propuestas más
recientes de apoyo al conjunto de ámbitos desfavorecidos,
que se han hecho patentes a través de diversas
iniciativas comunitarias y programas nacionales/regionales,
ya no se esfuercen tanto en apoyar la recuperación de
las rentas personales sino en tratar de crear un nuevo
tejido productivo a partir del esfuerzo inversor conjunto
de la iniciativa pública y la privada. Con ello se busca
establecer un mayor nivel de compromiso de la población
local en la apuesta decidida por el desarrollo de los
ámbitos más desfavorecidos.
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Por lo demás, este tipo de programas
innovadores de desarrollo rural, que en nuestro país
han tenido una magnífica repercusión en las zonas de
montaña -la Iniciativa Leader puede ser un buen ejemplo
de ello-, tratan de aprovechar de una forma más eficaz
las potencialidades territoriales y las singularidades
productivas que hasta ahora habían permanecido ocultas
debido a la vigencia de un particular modelo de crecimiento
económico en el quedaban relegados los ámbitos menos
productivos.
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El redescubrimiento de la montaña
como espacio turístico -desde finales del siglo XIX
ya existen intentos muy serios de introducir la actividad
turística en algunas montañas españolas- forma parte
de la nueva estrategia de relanzamiento socioeconómico
que se apoya desde los poderes públicos. El aislamiento
y la inhospitalidad del medio dejan de verse en esta
nueva perspectiva como handicaps territoriales intrínsecos
y se convierten en un atractivo cada vez más valorado
socialmente, sobre todo por lo que representan de alternativa
a los ámbitos turísticos del litoral, profundamente
congestionados y extremadamente degradados desde el
punto de vista ambiental. Hemos asistido, de este modo,
a una progresiva evolución del perfil económico-productivo
de los espacios de montaña cada vez hacia una creciente
y acusada terciarización.
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La abundancia de agua, vegetación
y variadas formas de vida animal son el referente más
preciado por la "ideología clorófila", ya plenamente
instalada en la sociedad española y a la que corresponde
cada día un mayor peso social. Desde esa particular
visión, los territorios montañosos se manifiestan como
ámbitos privilegiados para el asueto y esparcimiento
al aire libre.
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La incapacidad de la infraestructura
de acogida turística que se observa en la montaña española
-con la pérdida de oportunidades que se deriva de ello-,
se va a ir solventando poco a poco merced a la puesta
en marcha de diversos programas -entre ellos la Iniciativa
comunitaria ya aludida-, cuya eficacia podemos comprobar
a través del extraordinario interés que ha suscitado
entre la población montañesa. Si se recurre a la estadística,
podrá observarse cómo la creación de nueva infraestructura
turística en la montaña española ha sido mucho más intensa
que en el resto del espacio rural -sin tener en cuenta,
obviamente, fenómenos puntuales como el que representan
las estaciones de esquí-, e incluso ha superado ampliamente,
en no pocos casos, al de sus ámbitos provinciales de
influencia.
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Aunque cada zona de montaña ha optado
por una vía distinta de relanzamiento de la infraestructura
turística -en razón de múltiples condicionantes externos
e internos-, nos interesa llamar la atención sobre el
relevante papel que ha ejercido el turismo en la recuperación
del viejo hábitat rural montañés, condenado a su completa
desaparición de no haber sido por esta nueva función
que hoy se le asigna como alojamiento colectivo. No
cabe duda que con ello se ha puesto coto al lamentable
despilfarro de patrimonio rural que sucede al abandono
generalizado de la montaña española, muchas de cuyas
piezas son irrepetibles. Pero es que al mismo tiempo
algunas de las rehabilitaciones modélicas ejercen un
atractivo por sí mismas que las hace extraordinariamente
apetecibles como destino turístico, independientemente
de la mayor o menor presencia de otros elementos naturales
o culturales. Desde ese punto de vista, por tanto, muy
poco hay que objetar a esta nueva forma de creación
de empleo y generación de rentas que ha traído aparejado
el desarrollo turístico, porque es que, además, ha contribuido
a revalorizar la imagen de la montaña.
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Mucho más distorsionante es esa otra
imagen turística de la montaña a la que han conducido
algunas actuaciones basadas en una burda imitación de
los modelos turísticos litorales. Todas ellas se han
gestionado desde el más absoluto desprecio a la tradición
-el escaso apego a los materiales, formas y volúmenes
constructivos tradicionales es buena prueba de ello-,
y sin el más mínimo reparo paisajistico. Así se ha descuartizado
la imagen de múltiples enclaves montañosos en los que
hoy se apiñan centenares de edificios de alturas considerables
-no nos estamos refiriendo sólo a las estaciones de
esquí-, que dan origen a densidades estacionales de
población elevadísimas y en los que florecen por doquier
el mismo tipo de problemas ambientales que se repudia
en otros destinos turísticos.
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Convencidos de que así podía cortarse
la hemorragia demográfica, las distintas autoridades
competentes en disciplina urbanística -no ya sólo durante
la dictadura sino también en el nuevo régimen democrático-,
han permitido actuaciones ante las que hoy sólo cabe
el lamento, pues lejos de reforzarla, han deteriorado
la imagen de la montaña hasta tal extremo que han hecho
perder a estos ámbitos toda su capacidad de atracción.
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La otra gran estrategia de relanzamiento
socioeconómico de las zonas montañosas se sustenta sobre
sus cualidades productivas, esencialmente agrarias pero
también de otro tipo. En este caso es la favorable imagen
que ofrecen las producciones agrarias tradicionales
-los ya mencionados "productos de la tierra"- la que
contribuye a realzar la visión del territorio que las
acoge (la búsqueda de la calidad será el referente central
de las diversas producciones agroalimentarias que promueven
los recursos locales de la montaña, incluyendo también
la mejora de los canales de transformación y comercialización
de los productos, pues su finalidad no es otra que aprovechar
en beneficio de los agricultores y ganaderos el valor
añadido bruto que generan tales productos y que hasta
ahora venía escapándose a su control).
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Como en el caso del turismo, la causa
última de estos cambios perceptivos hay que buscarla
en el agotamiento del modelo productivista imperante
en el conjunto de la agricultura europea. Amén de conducir
a la actual Unión Europea a una crisis presupuestaria
a la que no logra encontrarse salida, la búsqueda de
nuevos techos productivos ha artificializado hasta tal
extremo los procesos de producción agricola y ganadero
que forzosamente se ha resentido la calidad de los alimentos
ofertados, cuyo sabor, color y olor nada tienen que
ver con los de hace sólo medio siglo. Además, ha introducido
enormes dosis de inseguridad entre los consumidores,
que cada vez con más frecuencia asistimos impasibles
a la aparición de fenómenos del tipo de las "vacas locas"
-sólo la punta de un iceberg colosal dentro del cual
no sabemos lo que se esconde-, y empezamos a mostrarnos
extremadamente desconfiados ante los productos que ofrece
el mercado alimentario.
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El escenario agrario antagónico a
éste lo encontramos en algunas zonas de montaña, cuya
agricultura ha permanecido anclada en el tiempo, sin
otro afán que el de la autosuficiencia pero en ningún
caso volcada en manipulaciones genéticas ni en la alteración
del ciclo productivo. En definitiva, una agricultura
sana tanto por los productos que ofrece como por el
poco daño que infringe al ecosistema en el que se halla
instalada. Lo mismo podemos decir de los sistemas ganaderos
extensivos que lograron sobrevivir a la crisis de mediados
de siglo. Basados en el aprovechamiento integral de
los recursos naturales y con razas perfectamente adaptadas
a las condiciones del medio, han seguido ofertando alimentos
cárnicos y lácteos de una calidad excepcional, altamente
valorada por los consumidores.
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El gran problema que presentan este
tipo de producciones es su ya consabida debilidad, que
encarece sustancialmente el precio de los alimentos
en los mercados. Este último hándicap, no obstante,
es cada día menos consistente toda vez que existe un
creciente número de consumidores dispuestos a afrontar
tal encarecimiento siempre que ello se traduzca en una
mayor calidad. De ahí que las políticas de apoyo a la
montaña se hayan volcado en el mantenimiento de este
tipo de producciones agrícolas y ganaderas, conscientes
de que el sistema diferencial de precios de estos productos
de calidad es el único medio de contrarrestar la debilidad
productiva tradicional de la montaña.
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Transformaciones, en definitiva,
todas ellas que han redundado en una sustancial modificación
de la imagen que la montaña ha ido conociendo y en la
que las piezas fundamentales han sido la valorización
de sus producciones y recursos locales, el atractivo
paisajístico y con fines recreativos que han inducido
en la sociedad urbana contemporánea, el radical cambio
experimentado por la red de comunicaciones que ha permeabilizado
mucho más estos espacios y la progresiva difusión de
éstos a través de las nuevas infraestructuras de telecomunicaciones.
Pese a ello, parte de sus problemas no han desaparecido;
la imagen ha cambiado, sí, pero persisten horizontes
pesimistas en ellos provocados por estrangulamientos
tan agudos como los que van unidos a la intensa despoblación
o a la acusada masculinización y envejecimiento que
definen su demografía.
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